Tengo muchos años de vida cristiana y de ministerio, y una cosa la aprendí temprano: lo que sostiene la vida de un hijo de Dios no es la religión que frecuenta, ni la experiencia que ha acumulado, ni el tamaño de su cuenta bancaria. Lo que sostiene la vida de un cristiano es la fe. La Biblia dice eso de varias formas y en varios lugares, y repite la misma frase en cuatro libros diferentes: el justo vivirá por la fe.
Este libro nació de ministraciones que predicé en la IBRC Pelotas, nuestra iglesia, a lo largo de algunos años. Algunas fueron predicadas con el templo lleno, un domingo por la noche. Otras fueron predicadas para pocas personas, en un tiempo en que el mundo entero estaba cerrado en casa por causa de una pandemia, y el mensaje llegaba a los hermanos por internet. En todas ellas el asunto, de una forma u otra, es el mismo: cómo creer, cómo firmarse y cómo actuar por la fe en el día a día, cuando las cosas van bien y principalmente cuando no van.
No creo en una fe decorativa. Fe de domingo, que queda en el banco de la iglesia y no va a casa con nosotros. Tampoco creo en una fe que promete una vida sin problemas, porque la Biblia no promete eso. Jesús dijo con todas las letras que en el mundo tendríamos aflicciones. Pero también dijo que tuviéramos buen ánimo, porque él venció al mundo. Esa es la fe que predico y que trato de vivir: una fe que no niega el problema, pero que no se inclina ante él.
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